Por su propio bien…

31 mar 2016 Blog SV, Psicologa Clínica No hay comentarios

Hay muchas maneras de matar.

 Pueden meterte un cuchillo en el vientre.

 Quitarte el pan.

 No curarte de una enfermedad.

 Meterte en una mala vivienda.

 Empujarte hasta el suicidio.

 Torturarte hasta la muerte por medio del trabajo.

 Llevarte a la guerra, etc…

 Sólo pocas de esta cosas están prohibidas en nuestro Estado.

    (Bertold Brecht)

 

El viernes 20 de enero de 2012 un niño, en su desesperación por evitar cumplir la orden de un juez que lo obligaba a ver a su padre biológico, se intentó arrojar por la ventana de un “Punto de encuentro”[1] (pde) en una ciudad de España; los empleados del lugar trataron de impedírselo  y el niño acabó con su brazo fracturado.

Esos mismos empleados fueron quienes todas las semanas, lo obligaban, desoyéndolo en sus súplicas y en sus deseos, a que estuviese con ese hombre: “-porque era su padre”. Los mismos empleados que por todos los medios, obligan a las niñas y los niños que concurren allí, a “cumplir con lo ordenado por un juez”.

Nadie piensa en el niño. Nadie atiende su pedido. Nadie escucha lo que tiene para invocar en defensa de su deseo. Nadie comprende y respeta que los niños tienen subjetividad, deseos propios y pensamientos personales. Sin embargo todos dicen que lo hacen “por su propio bien”.

El resultado no puede ser más elocuente: un niño “fracturado”, partido, roto. Y la excusa  ya está pronta: “-ha sido para salvarlo”, “-por su propio bien”. En ningún sitio habrá constancia que esta “fractura” es el final de una serie de presiones semanales para que “haga lo que dijo el juez”. En ningún sitio figurarán todos los argumentos que le dijeron -a él y a su madre- para obligarle a hacer lo contrario de lo que quería. Lo contrario de lo que sentía. Lo contrario a su deseo y a sus derechos.

Este es UN CASO, pero cientos de casos similares se viven a diario en muchos países y en espacios similares creados con las mejores intenciones, para que se vinculen niñas y niños con su progenitor no-custodio. Y las intenciones serían las mejores si no fuese porque detrás de cada “re-vinculación”, existe en la mayoría de los casos, una historia de violencias y abusos varios contra estos hijos e hijas víctimas de la violencia de género.  Las intenciones serían las mejores, si no fuese porque re-vincular, es un término correcto cuando hubo una vinculación previa, pero cuando el vínculo ha sido inexistente, la denominación “re-vincular”, ya señala una falacia desde el origen. Y cuando ha habido maltrato, incesto y abusos infinitos, no podemos hablar de vínculo.

Todos los días, y por órdenes judiciales similares que obligan a un niño o una niña a ir contra su voluntad y su deseo, se otorga la custodia plena a un progenitor rechazado.  Estas niñas y estos niños, dejan de ver a sus hermanos, a su madre, a sus abuelos, a sus amistades y a sus primos. Dejan de dormir en su cama, dejan de ver sus juguetes, dejan a su barrio, dejan su paisaje familiar y conocido y son “transportados” por la fuerza a vivir con su agresor, con alguien a quien no quieren ver y con quien no quieren estar.

¿Alguien puede imaginarse el terror que padece un niño cuando se cierra la puerta detrás de él (ella) y queda a solas con su agresor? Podemos vislumbrar por un minuto, qué siente? y podemos por un segundo figurarnos qué secuelas dejarán en ella (él) esas vivencias? Alguien puede creer y estar convencido/a de que la coacción, con la anuencia de la justicia, es un método pedagógico que puede ser efectivo para algo?, para alguien?

Pero…¿por qué no querría un niño o una niña encontrarse con su padre? Por qué no querría verle? Por qué no querría “jugar” con él? Los motivos son infinitos, y tantos como niñas y niños existen. Pero en la mayoría de los casos, nos encontramos con una historia previa de violencias y malostratos, y entonces el motivo es obvio: le teme, siente que le ha defraudado, siente rechazo, o…NO quiere, punto.

Y este último argumento tendría que ser suficiente para respetarle, reconocerle e indagar qué sucede o sucedió antes entre ese niño y ese padre. El forzarle, el coaccionarle lo único que logra, además de lastimarle y “fracturarlo”, es aumentar su rechazo hacia un progenitor que no le considera, que no le respeta, que no hace caso a su deseo. Y tal vez todo esto, es la causa del rechazo y NO su consecuencia.

La historia de la humanidad nos muestra que siempre se ejerció dominio sobre los/as mas débiles, tratando a los niños y las niñas como “adultos en miniatura”, definiendo a su evolución física y psicológica como minusvalía, “falta de desarrollo” y “personas a medio camino”.

Tal vez la prueba más elocuente de estas afirmaciones, nos la da, a finales del s. XIX, el caso de la niña Mary Wilson, en la ciudad de New York, víctima de violencia por parte de sus padres adoptivos, y a quien se pudo defender en la justicia sólo con la aplicación de una ley de protección de los animales, ya que  no existía en ese momento una ley de defensa para la infancia, que permitiera ponerle a salvo del trato inhumano y cruel. Sin embargo, sí la había para los animales.

La Convención de los Derechos del Niño de Naciones Unidas de 1989, ha sido ratificada por España y por Argentina en el año 1990. Esta Convención, insta en el artículo 19, a todos los países a “adoptar todas las medidas legislativas, administrativas, sociales y educativas apropiadas para proteger al niño contra toda forma de perjuicio o abuso físico o mental, descuido o trato negligente, malos tratos o explotación, incluido el abuso sexual, mientras el niño se encuentre bajo la custodia de los padres, de un representante legal o de cualquier otra persona que lo tenga a su cargo”. Y a pesar de tener todos sus artículos rango constitucional para los países que la han ratificado, a día de hoy, no se contemplan las coacciones y forzamientos que se realizan contra los niños y niñas, cuando se trata de hacer cumplir un mandato judicial, tan perjudicial y abusivo como la vinculación forzada con su progenitor no-custodio.

En el s. XXI, en países desarrollados como España, se ha modificado recién, en el año 2007, el artículo 154 del Código Civil, en dirección a prohibir el castigo físico contra los hijos menores de edad. No obstante, esta modificación choca contra los “usos y costumbres” que minimizan y justifican, “una colleja” o “un cachete que no duela” (sic)[2], y hace que no sólo no se denuncien los golpes sino que los jueces tampoco castiguen los casos que les llegan si las lesiones no son graves.

Las investigaciones dicen que los seres humanos somos los únicos seres vivos capaces de tropezar dos veces con la misma piedra, y en la utilización y modo de gestión de este tema tan controvertido, como es la custodia de los hijos e hijas menores de edad en un divorcio conflictivo, se demuestra: los jueces repiten la misma secuencia que en países como Estados Unidos de Norteamérica, desde donde se exportó el método y la teoría que sustenta esta modalidad: niños obligados a ver y vivir con su padre no-custodio, en nombre del “sSAP” (supuesto síndrome de alienación parental), un invento pseudoclínico que propone la coacción judicial (o como su propio inventor lo denominó: “la Terapia de la amenaza”), alegando que el rechazo de ese niño o niña parte de la influencia materna, o del progenitor custodio (en la mayoría de los casos, la madre).

No importa si los estudios de aquel país (y las mismas víctimas de la aplicación de este “método”: http://courageouskids.net/) dijeron que el 80% de los /as niños /as que fueron forzados en estas circunstancias, se suicidaron, intentaron matar al padre y/o acabaron con secuelas psíquicas graves e irreversibles. Se vuelve a repetir el mismo error, de la misma forma y reiterando las mismas palabras: “es por su propio bien”.

El juez que firmó con la mano -sin fracturas- la orden que violentaba la voluntad de ese niño que se arroja por la ventana, probablemente disfrutó de la víspera del fin de semana y descansó y durmió sin preocuparse por las consecuencias de su sentencia. Su Señoría tal vez no se enteró de lo acontecido ese día.

Me gustaría conocerle, a él y a todas y todos los jueces y juezas que emiten fallos similares, que subvierten el deseo y la voluntad de un niño o de una niña. Me gustaría preguntarles si no han pensado en escuchar los motivos y razones de esos niños/as, de ese niño de 11 años, antes de obligarles con todo su poder, a hacer lo que no quiere (y tal vez no puede). Me gustaría conocerle para explicarle que un niño de 11 años, no quiere arrojarse por una ventana ni sufre un ataque de ansiedad “sólo por verse contrariado”, ni porque lo han “influenciado contra el padre”. Un niño que ve como única salida arrojarse por una ventana es porque siente que no tiene escapatoria y prefiere morir en el vacío a vivir saturado por la presión de enfrentar a su agresor, aún cuando sea el padre que lo engendró.

Me gustaría conocer a esos jueces, ver su rostro, mirar en el fondo de su mirada para ver qué le pudo pasar a su niñez para que desprecien tanto la de estos niños.

Me gustaría conocer al personal que trabaja en ese “Punto de Encuentro”, mirarles y preguntarles si creen que obligar a un niño y forzarle a hacer algo que no quiere, sólo porque “un juez lo ordenó”,  es un trabajo digno. Sé que no corren buenos tiempos en el terreno laboral, pero no cualquier trabajo es un trabajo. Coaccionar a los niños y a las niñas no puede ser parte de un trabajo jamás. Herir a un niño, haciendo de cuenta que se lo quiere “salvar”, mucho menos.

Recuerdo el experimento de Stanley Milgram[3], aquel que concluyó que muchos sujetos estarían dispuestos a infligir castigos tremendos a otros siempre y cuando la responsabilidad la asumiera otra persona.

También recuerdo el experimento de la cárcel de Stanford[4], el mismo que fue preciso suspender a los pocos días de iniciado, ya que se comprobó que una persona normal, con poder absoluto, era capaz de cometer las atrocidades más extremas contra las demás. Sin motivos. Porque sí.

Tal vez poner fin a estos casos de coacción niñas y niños,  implique revisar, como personas humanas,  qué cosas hacemos y estamos dispuestos a hacer, sólo por el hecho de “cumplir órdenes” y qué acciones realizamos o estaríamos dispuestoa/s a realizar, cuando podemos impartir esas órdenes de forma omnímoda y con impunidad

[1] Nombre que se da a los lugares donde la justicia ordena que se lleven a cabo las visitas entre padres e hijos/as cuandso hay un conflicto por la custodia en un divorcio. También cuando existen antecedentes por malos tratos y/o en los casos de incesto.

[2] El artículo 154 del Código Civil español, permitía que los padres o tutores “corrigieran” moderadamente a los hijos. A partir de ahora dirá, en cambio, que éstos deben “respetar su integridad física y psicológica”.Esta modificación, tuvo 184 votos a favor y 162 en contra.

[3] Serie de experimentos de Psicología llevados a cabo por el psicólogo Stanley Milgram  en 1963 en la Universidad de Yale, Estados Unidos; fueron descritos en un artículo publicado ese mismo año en la revista Journal of Abnormal and Social Psychology,  bajo el título “Behavioral Study of Obedience “(Estudio del comportamiento de la obediencia) e incluidos en el libro “Obedience to authority. An experimental view” (Obediencia a la autoridad. Un punto de vista experimental, 1974, Milgram, Stanley). El fin de la prueba era medir la disposición de un participante para obedecer las órdenes de una autoridad, aún cuando éstas pudieran entrar en conflicto con su conciencia personal. Los resultados mostraron que si la responsabilidad recaía sobre la autoridad, la gran mayoría de los participantes estaba dispuesto a cumplir la orden, aún cvuando corriese peligro la vida de otra persona.

[4] Experimento llevado a cabo bajo la coordinación del Psicólogo Phillip G. Zimbardo y Christine Maslach entre otros, en el año 1971. Más detalles, en su página web: http://www.prisonexp.org/

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